Alfonsín, Caparrós, Artemio y Hebe

Un recuerdo mas y no jodemos mas
(Artemio López)

En perspectiva, Alfonsín fue el político no peronista que mejor comprendió al peronismo y por tanto el que logró intervenir con más eficacia en parte de su electorado histórico.
Logró comprender como nadie la construcción y el funcionamiento del sistema de lealtades de los sectores populares y su liderazgo, aunque no peronista, dividió las preferencias entre los segmentos más postergados de la sociedad, como ninguno antes ni después.

Rajó como de la peste de la concepción berreta hoy reinante en la propia UCR post alfonsinista (lastimoso retroceso) de que "los pobres votan por las chapas, el chori y el tetra", o su versión académica "sometidos al clientelismo". Así fue que Alfonsín se metió en el corazón de muchos compañeros de los sectores populares y barriadas humildes, que lo llegaron a querer.

Por el contrario, los segmentos medios peronistas, que los hay y muchos, jamás lo aceptamos. Los peronistas setentistas en particular lo rechazamos visceralmente en aquellos días de furor del R.A. En las Unidades Básicas de clase media de aquellos tempranos ochentas corríamos a Alfonso con la "doctrina", sin ver el "desastre doctrinario" del período 1973-76 . Estábamos literalmente "ciegos", como normalmente sucede con los mass media de todo pelaje ideológico.

Los sectores populares en cambio, sí le dieron cabida. Por lo general las mujeres residentes en hogares empobrecidos lo votaban, en tanto los hombres permanecían fieles a su trayectoria justicialista familiar y/o personal.

En correspondencia, el Alfonsín de la cima ya no era gorila, reconocía que "a Perón lo voltearon en el 55 por lo bueno que hizo, no por lo malo que le achacábamos nosotros".

Ayer casualmente Julio Aurelio — que tiene 168 años pero aparenta algunos más y encuestaba en esa época— comentaba en línea con este razonamiento, que en los focus de entonces el peronista parecía Alfonsín, "el otro parece un Suizo" , decían los participantes.
Fue un gran líder muy popular. Su liderazgo construyó con el "Juicio a las Juntas", la bisagra institucional más importante con la dictadura asesina y a los carniceros aquellos los juzgó y los metió presos. Y lo hizo en un país que minutos antes había visto surgir la Triple A (bisnietos de puta, antecesores de los "grupos de tareas" de los milicos), sino en la cabeza, al menos en las narices de Perón y, para colmo, se había partido en mitades (siendo optimistas) para apoyar el golpe militar de 1976. Ojo con esto compañeros y compañeras, no pasemos por alto este datazo al valorar el "Juicio a las Juntas" del señor que ayer murió, Don Alfonsín!

Hay que decirlo. Si como muchos deseábamos (equivocadamente ), Luder y su "peronismo suizo" ganaban en 1983, nada de esto hubiera sucedido , porque hubiera habido pacto de impunidad con los militares. No cabe ninguna duda.

Después Alfonso intentó expandir la democracia hacia otros menesteres más allá de los institucionales, muy importantes, pero no únicos. Quiso ser fiel con aquellos que lo votaron, en especial los más humildes, creo eso firmemente. Lo puso a Don Bernardo Grispún. Fracasó.

Batalló, pero el hombre no lo logró. Se recostó luego en su faceta de político habilidoso, muy hábilidoso, el mejor de su época. Pero no pasó naranja. No gobernó como él hubiera deseado, sin duda.
No pudo hacer un gobierno a la altura de su liderazgo inicial tan populoso y amplio. En el terreno económico y social fue una debacle total. Entre los humildes que lo votaron no le mejoró la vida a nadie, la verdad. Peor aun, las condiciones de existencia de los más vulnerables empeoraron tanto que en el final apresurado de su gobierno, toda la mística inicial había desaparecido y la suya como líder popular, fue la primera en ir a la lona. Terminó mal, "para la mierda" diría Tangalanga. Alfonso no podía asomarse a la radio ni a la TV que lo puteaban en siete idiomas los mass media. El pobrerío no, como siempre… en silencio.

Pero bueno, al menos, el tipo subió al ring y dio pelea. Ganó un par de round lejos y para abandonar el box -tan violento deporte- y pasar al amigable fóbal, en el Boca -River, diremos que finalmente le fue mal al radical Alfonsín… Y bué, por los peronistas que vinieron… tampoco la pavada.
La verdadera lástima es que nos perdimos un liderazgo bien potente. De esos que tanto nos gustan y necesitamos los peronistas y los radicales para que nos "sometan al clientelismo".

Salute Alfonso! Tarea cumplida… Si a Perón le bancamos algunas cosas bien fulerías, a vos cómo que no!


Ser Alfonsín
(Martín Caparrós)

Debe haber sido duro ser Alfonsín. Debe ser duro haber sido Alfonsín. Debe ser duro, sobre todo, morirse. Y debe serlo haber agonizado. Raúl Ricardo Alfonsín, presidente que fue de la Argentina y de los argentinos, ya pasó por esa situación que nadie puede siquiera imaginar hasta que no precisa imaginarla: un hombre que sabe que se muere y que pelea, si acaso, por seguir siendo un hombre un rato más, unas horas, un día –sabiendo que no hay triunfo que no lo lleve a la derrota. Solemos creer que en esas situaciones un hombre revisa su vida; es probable que no pueda hacerlo, ocupado como está en respirar y esquivar el dolor y ver últimas luces, pero cómo saberlo: quizás Alfonsín haya podido hacer memoria. Si fue así, habrá atravesado esa perplejidad que todos, alguna vez, recorreremos –la de un hombre que sabe que, aunque no lo haya hecho tan mal, no le sirve de nada porque está por dejarlo–, y esa otra reservada para pocos: la de un hombre que sabe que hizo mucho más que lo que suele hacer un hombre pero podría haber hecho tanto más. Debe ser raro saber que uno llegó adonde nadie y que, una vez allí, no pudo dar los pasos decisivos; debe ser raro, tan cerca de la muerte, recordarlo.

Raúl Ricardo Alfonsín se murió y lo enterraron y lo cubrieron de loas y de incienso y él, supongo, sabía: por suerte, para salvarnos de nosotros mismos, siempre está la memoria de los otros. Que ha sido, en estos días –como suele–, débil, fantasiosa; quizá cuando las nubes se vayan deshaciendo podamos hablar un poco más en serio. Por ahora todo son ditirambos, alabanzas. Me aburrí, en estos días, de escuchar “el padre de la democracia” –y no podía dejar de preguntarme quién sería su madre, o si tendría una abuela. ¿Por qué tanta cháchara sobre paternidades? ¿Tanto necesitamos creer que hay grandes hombres –jefes, caudillos, sacerdotes, padres– que conducen la realidad y nos conducen? ¿Tanto necesitamos reproducir este sistema de próceres heroicos, que aún en este caso inverosímil debemos convertir al muerto en otra figurita de manual? Así se arman las historias para convencernos de que nuestras vidas no dependen de lo que podamos conseguir sino de la intervención de un Gran Padre bueno o malo, que las encarrile o descarrile, que las ordene o desbarate. Es un modo de ver el mundo, el que más les conviene a los que quieren ser padres o tíos, tutores o encargados: a los que tienen algún tipo de poder y quieren mantenerlo, propagarlo.

Es una forma de escribir la historia. El culto del nuevo Padre parece ocultar, por ejemplo, la obviedad de que la vuelta de la democracia en el 83 fue el producto de muchos factores: que los militares ya habían cumplido su trabajo, que se arruinaron con la estupidez de las Malvinas, que había cada vez más que los peleaban, cada vez menos miedo. Y que por eso tuvieron que convocar a elecciones y que, recién entonces, un personaje como Alfonsín –un respetable político de la “izquierda radical”, abogado de derechos humanos– entró en el escenario: cuando ya estaba decidida y decretada la vuelta de la democracia, por aquellas razones y otras más –lo cual lo vuelve, si es necesario el parentesco, más un hijo que un padre.

Pero no hay caso: nos resulta más fácil, más tranquilizador pensar la historia y la política y nuestras vidas en términos de líderes que nos llevan y nos traen, grandes papás. Por eso, en estos días, se está construyendo un Alfonsín de mármol y opereta, un secundario con diálogo en Aurora, un dibujo de simulcop a media página.

Gracias al honestismo imperante, el rasgo principal del personaje es su decencia: no robó, dicen, siguió en la misma casa, dicen, intentando de nuevo la Gran Illia: hacer de un rasgo menor pero infrecuente una categoría ontológica suficiente para levantar bustos y monumentos. Se entiende que lo hagan los políticos: alegar que existe al menos uno que era honesto supone que la corporación no está perdida, que podría haber más. Se entiende que los hagan muchos otros, honestistas convencidos: decirles a los políticos que hubo uno y lo quieren por eso es decirles por qué no los quieren –y dan risa tantos que lo usan como argumento contra K olvidando que fueron, en su momento, feroces contra Alfonso. Algunos le agregan un matiz de tragedia criolla: era un buen hombre al que no le fue tan bien porque los buenos, en la Argentina, pierden. El típico pobre mi padre querido, qué buen tipo era el viejo: para los que siempre piden padres no hay mejor padre que el padre muerto, el que ya no va a ordenarte nada, el que se puede manejar como una marioneta grácil. La operación, estos días, parece funcionar, y así nos conseguimos alguien a quien respetar en un momento en que no tenemos a quien respetar, un símbolo común en una época en que no tenemos símbolos comunes; un prócer, que es lo contrario de un político.

Lo contrario: un prócer no tiene banderas, trabaja para el supuesto “bien común”, para lo indiscutible. Alfonsín prócer padre de la democracia parece un bien de todos; recuerdo las peleas de Alfonsín con variados sectores –desde los militares hasta el peronismo, desde los sindicatos hasta los grandes empresarios, desde Reagan y el FMI hasta la Iglesia Católica y la Sociedad Rural– que muestran que sí tomaba partidos, que era beligerante y parcial, que hacía política. Y que había hecho ciertas elecciones –aunque no siempre pudiera sostenerlas.

Alfonsín –sabemos– fue presidente cuando nadie lo esperaba. Y lo fue de un modo extraordinario: no tanto por reemplazar a militares que –cumplido con creces su trabajo– pedían la escupidera, sino por vencer al peronismo en elecciones libres por primera vez. Con los militares y los peronistas en derrota, con millones entusiasmados por la nueva democracia, con una economía razonable, Alfonsín tuvo la mayor oportunidad de las últimas décadas para cambiar algo serio en la Argentina: para intentar otra cultura política, para acabar con las corporaciones, para dar vuelta la tendencia socioeconómica que los militares habían implantado –y no lo hizo. Lo intentó, al principio, chocó contra poderes, y en algún momento decidió –o debió– resignarse. Es cierto que consiguió cosas: recuperó cierto tejido social, juzgó a las Juntas, legitimó el divorcio, y nos dejó para siempre una frase que resume todas nuestras frustraciones y que, algún día, va a convertirse en epitafio irónico: “Con la democracia se come, se cura, se educa”. Es cierto que parecía buena persona; es otro asunto. Fue el último político en quien millones de argentinos creyeron de verdad; después hubo algunos que produjeron satisfaccción, alivio, sorpresa, simpatía, pero ya no esperanza. Fue la última vez que esperamos algo serio de un proyecto político, y su fracaso tuvo mucho que ver con la antipolítica y el pragmatismo noventistas. Su fracaso abrió el camino del menemismo y la culminación de la onda neoliberal que la dictadura había lanzado; su fracaso es más culpable porque podía haber sido un gran triunfo.

Debe haber sido duro ser, después de todo eso, Raúl Ricardo Alfonsín. Leía aquí mismo su discurso de cierre de campaña –y me preguntaba cómo habría hecho, en los años siguientes, en el gobierno y después del gobierno, para digerir el hecho de que tantas de sus ilusiones, tantas de sus promesas no se habían concretado. Debe haber sido duro ser Alfonsín, el nombre de la esperanza 1983, y pasarse estos veinte últimos años viendo cómo la Argentina caía, recaía. Debe haber sido duro, sobre todo, saber que pudo más que tantos y que, sin embargo, no supo poder lo que importaba.


Dijo Hebe: "Alfonsín no es un héroe y quienes lo aplaudieron son unos hipócritas".

Dos "verdades" con "sintonía Hebe" (siempre verdades laterales). Es cierto, no fue un héroe: los héroes son amados por el pueblo porque realizan en concreto cosas positivas: el saldo de Alfonso da negativo a lo loco. No fué, precisamente, un tipo de grandes triunfos, logros y realizaciones en su gobierno.

Los opositores que hoy aplauden a Alfonsín por la televisión (y repitiendo el libreto de campaña) son hipócritas. En su mayoría, no revisten ni en sus personas ni en sus hechos, el caracter de las virtudes atribuidas, justa o injustificadamente, a Alfonso. Así vemos desfilar a toda la oposición (¿oposición?) por al lado del jonca, llenándose la boca de lo que no son. Dicen "padre de la democracia" y son golpistas. Dicen "hombre de concensos" (aunque no sea cierto) y apuestan a la crispación. Dicen "un demócrata" y ellos mismos participaron de lo que a este gobierno le achacan de antidemocrático (a la cámara de Jaroslavski no la denominaron "escribanía del poder ejecutivo", incluso cuando el "Fredy" Storani decía que "le daba asco" votar un proyecto oficial, y aún así lo votaba, porque sabía que así se gobierna). Al fin de cuentas, fue Kirchner el único que ha comprendido su mejor legado: lo reconoce como adversario político, con ideas distintas en democracia. Véanlo http://www.youtube.com/watch?v=P5hhQTvhux4

Alfonsín no es un héroe. Y como no quiero ser un hipócrita, tengo que decir que tampoco fue un demonio (miremos desde que lo tumban a Perón hasta él qué paso). Fué un presidente que dejó cosas impregnadas en el pueblo, para bien y/o para mal. Ese es mi reconocimiento.

Por todo esto, reafirmo: Si lo dice Hebe, algo de razón tiene…

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